Se llama Wukro
Wukro como ejemplo del desarrollo del ciclismo en Etiopía
El ciclismo no es siempre material de última generación, estudios biomecánicos y la máxima tecnología. A veces, una simple bicicleta mil veces arreglada y parcheada es mucho más. En Wukro, una ciudad de Etiopía, ha sido una bendición.
Se llama Wukro, y se asienta en una inmensa planicie rodeada de montes y colinas, entre la sombra de una interminable meseta y un río que dota de color al conjunto. El agua es vida, y tierras como ésta son uno de los mayores ejemplos.
Se llama Wukro y se compone de una calle principal recta como una vela (la carretera Mekelle-Eritrea) flanqueada de pequeñas manzanas trazadas con tiralíneas. Edificios a medio construir y pequeños bloques de viviendas en su mayoría. En sus bajos, multitud de pequeños negocios que abren y se cierran ritmo del sol y la luna.
Se llama Wukro y desde hace casi 3 décadas es la morada de un ángel.
Es una noche de otoño y estamos volando con Ethiopian Airlines desde Madrid hasta Addis Ababa. Mi segundo viaje a Etiopia, el segundo también en 6 meses.
Etiopia, Abisinia, siempre fue uno de los lugares que más me atrajeron desde crío: Salomón, Lucy, el África negra y sus historias de exploradores, los rastafaris, el cuerno de África, Gebrselassie, Bekele y compañía. Gondar (El Gondor de la Tierra Media), corresponsales de guerra, las fuentes del Nilo… tierra de leyendas donde la haya.
Sin embargo, nunca pude (o supe) acercarme a ella, hasta que el hambre se juntó con las ganas de comer. Resultó que Carmen, mi pareja, y su familia tenían una larga historia con aquel país. Una singladura de turismo, voluntariado y amor por la tierra de mis sueños (junto Japón, pero eso es otra historia) que, de primeras, me iba a dar la posibilidad de visitarla como turista. Entretanto, iba conociendo mucho más acerca de la historia entre Etiopía y la familia N-M. Como si de una película se tratase, un viaje familiar, ríos desbordados y casualidades acabaron llevando a tres nombres: Wukro, Ángel, Olarán.
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Abba Melaku: Inspiración desde el ejemplo
Ángel Olarán es Abba Melaku para los etíopes. Un misionero vasco que tras más de dos décadas en Tanzania recibió el encargo, junto a un compañero, de fundar una misión en el norte de Etiopia para ayudar a una tierra castigadísima por la guerra, el VIH y las hambrunas. Una tierra de huérfanos y pobreza extrema.

De eso hace ya casi tres décadas, y ese encargo ha derivado en un lugar, la Misión Saint Mary, que es uno de los principales motores de desarrollo social y económico en la zona del Tigray (una de las regiones etíopes), principalmente Wukro y alrededores.

Orfanato, colegio, escuela de capacitación agraria, microcréditos, infraestructuras de irrigación, reforestación, formación profesional, formación deportiva, servicios sociales… Es imposible realizar una lista de todos los proyectos que han salido de allí sin dejarse muchos. Y quizás el más importante de todos ha sido el de catalizador de la ayuda internacional.

Ángel es inspiración desde el ejemplo. No hay nada que le desanime o le haga arrojar la toalla. Siempre en positivo, siempre ayudando a todo el que pueda. Y esa inspiración ha tocado a muchísima gente, que se ha entregado a colaborar en la región. Médicos, arquitectos, fisios, ingenieros, empresarios, estudiantes, deportistas… muchas de las personas que pasan por Wukro, visitan Saint Mary y conocen a Ángel se van con la semilla de la cooperación, en lo que sus medios y capacidades les permitan.

Veintipico años después, Wukro tiene hospital, tiene clínica, tiene cientos de hectáreas de regadío, tiene arbolado, tiene multitud de universitarios, tiene clubes deportivos, tiene embalses, tiene muchos más negocios abiertos, tiene 5 veces más población, tiene ilusión… Y no tiene tanta pobreza, no tiene tanta hambre, ni tantas personas sin hogar. No tiene tanto VIH, tantos abandonos de niños, ni tanta mortalidad infantil. No tiene tanta delincuencia, tanta gente sin estudios ni tantos enfermos sin tratar. No diré que todo es obra suya porque no lo es. Pero estoy seguro de que sin él nada sería, ni de lejos, parecido.

Casi todo esto ya lo sabía antes de mi primer viaje a Etiopia. Me habían hablado mucho de Wukro y la misión, yo había preguntado otro tanto. Y también había leído todo lo posible acerca suyo en internet. Seguramente entonces mi subconsciente ya sabía mis futuras intenciones, pero a mi no se me revelaron hasta ese momento. Hasta ese primer viaje, tres semanas de turismo con Carmen y con un guía, Takele, que es de la familia. Visitamos el centro, el norte y el sur de Etiopia.

Lugares turísticos y otros apenas remotamente conocidos. Y por supuesto pasamos por Wukro, donde pude conocer a Abba Melaku. Sólo fue una tarde, apenas un par de horas, y supongo que ya estaba tan auto sugestionado que era inevitable. Aunque nada más verme me hubiera mandado a fregar suelos, el resultado hubiese sido el mismo.
El impacto de Etiopía
He de decir que es imposible visitar Etiopia y no conmoverse. Los cinco sentidos se bloquean ante la sobrecarga de belleza.
Su diversidad de paisajes ya la conocía, pero ni fotos ni documentales hacen justicia a su inmensidad y exuberancia. Selvas y sabanas en el sur. Altiplanos entre los dos mil y los tres mil metros en el centro y norte. Desiertos abrasadores en el este. Depresiones volcánicas a más de cien metros bajo el nivel del mar. Montañas de más de cuatro mil quinientos metros de altitud…

Su cultura es infinitamente más rica de lo que pudiera imaginar. Si aquí nos sonreímos de cómo los norteamericanos miran nuestras iglesias y castillos medievales… los etíopes podrían hacer lo mismo con nosotros, pues comparados con muchos de sus monumentos, los nuestros tienen “cuatro días”. Si el castillo de Gondar inspiró a Tolkien para crear el imperio de Gondor y Minas Tirith. Si tienen su propia piedra Rosetta en la piedra de Ezana…
Sus costumbres, muy variadas, casi siempre son integradoras con el visitante. La gastronomía es fabulosa (bueno, si te gusta el picante… si no, estás jodido). El café, qué decir del café… Tradiciones y fiestas son exuberantes, pues es un país muy gregario, donde el contacto social es tan importante como lo que más.

Por todo esto y más estoy sentado junto a mi suegro (un relaciones públicas de manual, en su 14º viaje a Etiopia, que se dice pronto) en este avión. El destino, en esta ocasión, es exclusivamente Wukro. Voy a la Misión Saint Mary con la intención de aprender, de conocer el día a día de la ciudad, hablar con sus dirigentes, inspeccionar sus montes circundantes y ver si es posible llevar a cabo un proyecto en el que junto a mis compañeros de Zona Zero llevamos meses trabajando. Concretamente, desde el día que regresé del primer viaje.
Quiero aprender todo lo posible de Abba Melaku: los ritmos de la sociedad, la burocracia, los intereses de la juventud… y, sobre todo, el ciclismo actual de Wukro.
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Zona Zero, para no dar por supuesto que te suena, es un proyecto del que formo parte desde su nacimiento. Comenzamos siendo un centro BTT de enduro creado a base de la recuperación altruista de los senderos tradicionales que unían los pueblos de nuestra tierra (la Comarca de Sobrarbe, en Huesca, Pirineo Aragonés) y quiero pensar que ahora ya somos un destino ciclista en sí mismo: Cerca de cien rutas de MTB de todos los tipos, cuarenta rutas de carretera y gravel conjuntamente con nuestros vecinos franceses de Saint Lary, Val Louron y Piau Engaly (este año marcamos veinte puertos de Sobrarbe para ciclistas), más de cincuenta mil pernoctaciones anuales de ciclistas (de más de cincuenta países) desde 2015, negocios orientados al ciclista, una sociedad cada vez más volcada en la bici, un club ciclista que forma a docenas de niños y mayores cada año, un pumptrack… Además, Zona Zero ha sido sede en dos ocasiones de las Enduro World Series lo que ha puesto a nuestra comarca en el mapa del ciclismo de montaña internacional.
Todo esto ha sido fruto de un trabajo descomunal pero seguro que también ha tenido algo que ver la suerte y la generosidad de todos los que nos han ayudado. Tal vez sea un buen momento de utilizar esa experiencia y devolver un poco de esa suerte y generosidad a otros que lo necesitan más que nosotros. Y en eso estamos.

La Misión Saint Mary se ubicó a las afueras del Wurko de principios de los años 90. Ahora está en pleno centro. Lo que era un erial con un árbol (uno, no exagero, hay hasta un cuadro y foto como homenaje) ahora es un vergel con miles de árboles y arbustos, con huertos, campos de frutales, flores… En un lateral de la misma están los alojamientos de los religiosos y también unos cuantos edificios destinados a cooperantes y voluntarios. Un saloncito, un pequeño comedor y una cocina dan servicio a esta área.
Los horarios son estrictos (a las siete de la mañana desayuno, a las doce y media comida, a las siete la cena) porque se intenta fomentar la convivencia entre todos. Abba Melaku es un pedazo de pan, pero eso no quita para que sea muy inteligente: sabe que el compartir experiencias, el mostrar el trabajo que se hace, el escuchar las historias… en resumen, el sentirse parte de Saint Mary, es el mejor marketing posible. Porque Wukro necesita todavía toneladas de ayuda, y Abba Melaku la busca debajo de cada piedra. Nosotros en Zona Zero siempre decimos que nada como quitar cuatro piedras y cortar unas ramas de un camino para sentirlo como propio y para hacerte prescriptor de nuestra tierra, aunque seas de la Conchinchina. Pues esto es lo mismo.
Club Ciclista Saint Mary
Pronto conocemos a Robel, etíope-eritreo (hay que decir que los tigriñas, los habitantes de la región del Tigray en la que nos encontramos, tienen mucho más en común con los eritreos que con cualquier otra región de Etiopia, tanto física como culturalmente) que además de ser profesor de informática y dibujo en la escuela de Saint Mary, es el responsable del principal club ciclista de Wukro. Dicho club se llama “Saint Mary” en honor de la misión, que es la que les brinda un apoyo vital con los gastos y el material, pero es independiente de la misma.
Copio unas líneas que escribí en mi diario tras hablar con Robel:
“El equipamiento que tienen es muy exiguo y se basa en bicis de montaña de los 90, sin suspensiones, cuadros de acero enormes y reutilización hasta las últimas de cubiertas y cámaras. Tienen problema a la hora de gestionar las reparaciones de bicis ya que algunas de las recibidas son de paseo de rueda de 700, otras 29... y lo que consiguen aquí son bicis y repuestos de 26 (todo viene de china). A continuación, señalo las mayores dificultades que tienen con el material:

• Carencia de tallas para edades entre 10 y 15 años. Todas las que reciben o a las que tienen acceso aquí son o bien de adulto o de niño pequeño. Por no hablar de las de chicas, que no hay nada. (hay que pensar que el tigriña medio es bajito de por sí, la mayoría ronda los 1,70-1,75 m en adultos).
• Problemas muy grandes con las patillas del cambio. Se rompen y no tienen acceso a recambios, o estos son a precios exorbitados. Han probado a forjarlas, pero les falla que no tienen la herramienta necesaria para hacer la espiral de las roscas, Si les podemos conseguir alguna herramienta que las haga, les hacemos un favor inmenso. Etiopia es así, muchos problemas grandes se solucionan con cosas casi sin coste, que a nosotros nos resultan triviales.

• Necesitan cubiertas y cámaras de todo tipo, preferentemente rodadoras (pues hacen bici de carretera, no de monte). Hay que pensar que una cubierta medio gastada en España es una cubierta en perfecto uso aquí. Y que las cámaras se reparan una y mil veces, por tanto, cámaras con un solo pinchazo son “oro molido”. Zapatas de freno también. Además, tienen un problema enorme de mantenimiento, pues tanta arena lo corroe todo y desgasta mucho las cadenas, piñones, etc... Por supuesto, de aceite para lubricar, ni rastro.

• Falta de cascos y falta de pedales automáticos (sobre todo en edades avanzadas) y rastreles (iniciación) pues por lo visto sin ellos pedalean con las rodillas y tobillos totalmente desviados (no tienen ejemplos de lo contrario, por tanto, no se autocorrigen)”.
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Pasear por las calles de Wukro es toda una experiencia en sí misma: tus pisadas dejan huellas en el polvo que pronto son sustituidas por otras, y otras, y otras… a cualquier hora del día el trasiego de personas es continuo. Jóvenes vestidos con cualquier equipación de futbol europeo que puedas imaginar, niños con más agujeros que camiseta, granjeros con la indumentaria tradicional y la vara en la mano. Los altavoces a todo meter de las tiendas de electrónica compiten por tus tímpanos con el claxon de los motocarros (llamados tuk-tuks) el taxi-para-todo de Etiopia.
No nos olvidemos de la tercera pata del tráfico: el ganado. Los tuk-tuks no pararán jamás en un paso de cebra, pero si un par de cabras o una vaca quieren cruzar a la acera de enfrente, pisan el freno. O al menos deceleran. Bueno, quizás sólo toquen la bocina y las esquiven. Pero las dejan cruzar. Porque el ganado es parte insustituible de la fauna urbana: ya sean ovejas en busca de cualquier brizna verde (o marrón) que salga entre el hormigón y los adoquines, bien cabras ramoneando en los árboles más bajos o vacas tumbadas a la sombra de una parada de autobús. En la calle de la Misión, todas las noches un pequeño rebaño de ovejas iba a buscar el mismo lugar para dormir: un tramo sin adoquines en medio de la calzada.

La letanía de los rezos ortodoxos que destila un megáfono se mezcla con el olor a fruta de una tiendecita, el de aceite quemado de un camión desvencijado que pasa entre chirridos y las risas de unos niños vacilándonos a nosotros, los faranji (extranjeros). La expresión “vivir al día” no encontrará un ejemplo más palmario que aquí. Y no porque muchos no sepan que será de ellos mañana (que también) sino porque, al contrario que nosotros, viven el presente con una fuerza y determinación envidiable.
Sin recambios y sin talleres
Vuelvo a recordar algunas notas de mi diario de viaje:
“Hoy hemos tenido por fin la reunión con la administración que se ocupa de la zona rural y ha ido muy bien. Con ellos tocaba recibir permiso para realizar trabajos en el monte (recuperar senderos, adecentarlos o incluso crearlos en ciertos lugares, y también balizarlos). Nos hemos entrevistado con el vicepresidente de la administración rural y nos apoyan al cien por cien y tenemos permiso para todo, si bien hemos de irles comunicando cómo y dónde vamos actuando. Es normal que quieran controlar el trabajo que se haga, y además nos da seguridad frente a la población local (si en Sobrarbe a muchos les mosquea ver gente que no conocen cerca de sus dominios, imaginad aquí, con unos europeos), pues se encargarían de avisar en cada zona que tenemos su beneplácito. Igualmente estarían encantados de que les diseñáramos unos folletos turísticos de rutas BTT y senderismo basadas en esa red de senderos, e incluso topográficos. Eso sí, para estas dos cosas hay que pedir permiso al ejército, pues aquí los mapas son un tema de seguridad nacional.

A la reunión ha venido también Semere, el presidente de la Asociación de Jóvenes de Wukro, que ahora ya sé que es un cargo importante y que depende de la alcaldía (y está elegido por el alcalde). Dicha asociación gestiona todo lo relacionado con deporte y cultura dentro de Wukro, además de movilizar a los jóvenes para diferentes actividades (por ejemplo, si se necesita mano de obra para adoquinar una calle, ellos realizan la selección de qué jóvenes trabajan). Es un joven (30 años, aquí es muy complicado ver a gente de más de 45 años en trabajos que no sean sector primario) muy agradable, que va a estar al tanto de nosotros hasta que nos vayamos”.
Wukro, como casi cualquier ciudad etíope, posee una miríada de pequeños comercios: tiendas de ropa, de teléfonos móviles (¡lo que más!), peluquerías, ultramarinos, muebles, zapatos, telas, juguetes… y por supuesto tiendas de bicis.
Sólo en la calle principal hay 4-5 de ellas. Sirven de taller, compra de repuestos y compra-venta de segunda mano. La verdad es que en España las llamaríamos desguaces. Las bicis nuevas, por lo general, las venden otro tipo de comercios. Estos talleres son la pesadilla de cualquier bici: pocas y malas herramientas, negrura crónica en las paredes, operarios que han aprendido a base de prueba y error, la acera inundada de llantas dobladas, cuadros rotos y hierros varios… La “Matanza de Texas” hecho ciclismo. Lo importante es que las ruedas giren y la bici avance. Aunque sea de lado. Aunque sea con un solo pedal. Cualquier añadido a la comodidad es un extra.
Recupero algunas líneas de mi diario:
“En lo que respecta a la formación profesional, a priori es la mecánica lo que más les puede interesar. Cuando les hablo de mantener los caminos que ya tienen, para uso diario, me miran como si les hablase de Marte o Venus. No creo que le vean la utilidad. Es posible que restaurar uno "de prueba" en el futuro les abriese los ojos. Aparte de que los talleres que hay en Wukro (unos cuatro o cinco) son infrahumanos, no parecen saber un carajo de mecánica de bici y por supuesto no disponen apenas de herramientas y materiales para arreglar. No creo que fuese ningún problema hacer intensivos de formación en mecánica (de dos o tres semanas). Otra opción sería traer a formar aquí a esos mecánicos y que diesen las clases allí ellos, pero dudo que tuviese la misma efectividad.

La formación en ciclismo a partir de los 6-8 años parece también muy interesante. Actualmente el club Saint Mary tiene unos treinta chicos (casi todos varones) y no tienen más por falta de material (se dividen en horarios por falta de bicis, algunos tienen entrenamiento a las 5 de la mañana, con las primeras luces, para aprovechar al máximo las bicis disponibles).

Más que cursos para niños, sería muy interesante poder formar a varios profesores y tener una persona de confianza que llevase la escuela. Los costes no serían muy altos. Cada vez les gusta más la bici como deporte, especialmente la de carretera, pues ven que hay alguna posibilidad de ganarse la vida con ello (hay varios etíopes, todos de Tigray, y bastantes eritreos ya en equipos profesionales, tanto del máximo nivel (World Tour) como de los dos siguientes (Continental Profesional y Continental)”.
Mi primera ruta
Uno de los últimos días pude, por fin, hacerme una ruta en bici. Abba Melaku me dejó una de las bicis que tenía la misión. Se trataba de una GOKA Colorado, unas bicis de travesía que les donaron unos chicos que hicieron la ruta Addis Ababa – Wukro hace unos años. Me fui a rodear el monte más característico de Wukro, una preciosa mole de arenisca justo al norte de la ciudad. El recorrido era sencillo pero bucólico: ciclando entre campos de labor, por caminos de arena o senderos sencillos sobre un cauce seco.

Multitud de granjeros me miraban con una mezcla de asombro y cachondeo. Alguno me daba algo de conversación, e incluso un chico me ayudó a orientarme en un cruce. Para no romper mi tradición ciclista, me tocó portear un rato por dentro del barranco, siguiendo a un rebaño de cabras y sus pastores: tres niños que apenas levantaban cuatro palmos del suelo.

Incluí algunas notas sobre mi pequeña aventura en mi diario:
“Una carretera de tierra sube desde Wukro hasta el altiplano que se alza al este, y gana esos quinientos o seiscientos metros de desnivel con bastante rapidez. Desde allí, por las laderas bajan varios senderos (en un vistazo rápido he encontrado dos con buena pinta y continuidad) que podrían ser fantásticos como descensos o como rutas de trekking. No hace falta que diga que la vista desde arriba es brutal. Por la propia llanura hay varios senderos circulares en uso por la gente, que con poco trabajo darían lugar a rutas senderistas cómodas o a rutas de bici fáciles.

He podido reconocer una buena parte de la zona al noreste de Wukro, y me ha parecido de lo más bonito del viaje. Sierras entre sembrados y huertas en las que se observan senderos muy claros y sabiamente trazados. Estas sierras acaban hacia el este en un barranco profundo tras el que suben las grandes laderas del altiplano del que he hablado anteriormente. El este y el norte de Wukro son los lugares con más potencial de senderos, y además los más espectaculares visualmente. Al Oeste hay también otras sierras con buena pinta, pero en menor medida, por lo que, si nos ponemos a crear rutas de senderismo/mtb, está claro por dónde hay que empezar”.
El ciclismo: una apuesta de futuro para los jóvenes
Hemos tenido una pequeña reunión con bastantes de los chavales del club ciclista Saint Mary y están muy ilusionados de que queramos ayudarles. Me comenta Robel que una de las mayores motivaciones para estos chicos es que, si sacan buenos resultados en carreras y los ficha el equipo de Mekelle (la capital de la región, con una población de un millón de personas y a cuarenta y cinco minutos en coche de Wukro), eso les supone un salario de unos 4000 birr (120-130 €) mensuales y alojamiento durante el tiempo que están en el equipo, que pueden compaginar con la Universidad (Mekelle tiene una Universidad muy grande, la más importante de Etiopia junto a Addis Ababa, Gondar y Arbaminch).

Le he pedido que nos hiciese un resumen “a máximos” de todo lo que necesitarían, sus gastos actuales, etc… para saber mejor qué precisan, qué presupuesto tienen y ver nosotros en qué podemos ayudar, si el proyecto tira para adelante.

Anoté las conclusiones de la mayoría de las reuniones que tuvimos esos días:
“La buena nueva del final del viaje es que en el Ayuntamiento están muy ilusionados con el proyecto. Tenemos a Semere muy interesado y parece que nos cederían un terreno en la futura área deportiva para construir el pumptrack (es lo que más les atrae de todo, como Ayuntamiento, pues es lo más vistoso y le daría mucha importancia a nivel nacional). El terreno está en el extrarradio, pero hay que pensar que Wukro crece a velocidad de vértigo y todos los lugares hay que verlos con la perspectiva no de hoy, sino de aquí a dos o cinco años o incluso más.

Wukro no se construye tan al azar como pueda parecer, sino que tienen un plan urbanístico muy bien desarrollado, al menos sobre el papel. Semere, responsable de los diez mil jóvenes entre dieciocho y veintinueve años que hay en Wukro, deporte y cultura, cobra unos ciento cincuenta euros al mes”.

Aquí empiezan nuestros primeros Senderos Solidarios
Se va a hacer muy dura la vuelta a España, porque la sensación de pertenencia al lugar ya ha comenzado a enraizar en mí. Abba Melaku es pura inspiración y un foco de conocimiento asombroso. Me recuerda a esa figura tan literaria del sabio-filósofo que está por encima del bien y del mal. Pero hay mucho más.
Echaré de menos la luz del amanecer entretejida con los rezos ortodoxos, que hace de cada despertar una especie de trance. El sabor de unas habesha, la birra local, y esos zumos de papaya o mango que exprimen en el momento. El aroma de un buen arrostro (asado de cabra) o el shiro (puré de lentejas y pimientos con mucho picante bérbere) con injera (torta blanda hecha con grano de teft macerado). Las sonrisas francas y la hospitalidad de una cultura que sólo es pobre económicamente.

La inmensidad del horizonte en este mundo mineral que es la Etiopia rural, no tan diferente al Pirineo que conocieron mis abuelos en su juventud. Ese al que había que ganarle tierra de labor a golpe de jadico. Ese en el que todavía las montañas eran dioses y las tormentas castigos.

Realmente, desde que volví a España, y hace ya ocho meses de ello, no he dejado de pensar ni respirar Etiopia. Primero, porque estos viajes modifican tus esquemas mentales, pero si no haces un esfuerzo consciente por interiorizar esos cambios, la velocidad y comodidad de nuestro mundo occidental los borra demasiado rápido. Y segundo, porque de nuestras ideas y éste viaje ha nacido la tercera pata de Zona Zero. A la Asociación Empresarial y el Club Ciclista se sumó el pasado diciembre, lo que será la Fundación Zona Zero -Senderos Solidarios (será, porque, aunque ya está en marcha, constituirse Fundación lleva su tiempo).

Senderos Solidarios lanzó su primer proyecto, la recogida de material ciclista para Wukro, justamente el 20 de marzo. Un día antes el confinamiento aplazaba (porque sólo es un aplazamiento) nuestros planes. Estos meses de confinamiento y pandemia nos han enseñado mucho sobre la cooperación, la empatía y la importancia de las cosas que damos por supuestas. De nosotros depende haber atendido a la lección. Estos tres valores son los mismos que Etiopia (y tantos otros lugares) requieren de nosotros. Porque ellos “llevan en pandemia” casi un siglo. Y ya va siendo hora de que les levantemos el confinamiento.

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Jorge Ruíz De Eguilaz
Jorge Ruíz De Eguilaz. Robel Abraham, José Antonio Naval, Nacho Trueba
13/07/2020