¿Qué ocurrió…? El uso de los cascos en el pelotón
Cierra los ojos e imagínate esta escena: un pelotón volando a más de 90 kilómetros por hora en el descenso de un puerto de montaña, sobre tubulares de 19 o 21 milímetros... y con la cabeza protegida únicamente por una gorra de tela, una visera o una cinta para el pelo.
Durante décadas, esto no era una temeridad puntual; era la norma habitual en el ciclismo profesional. Parecía que los ciclistas tenían una especie de inmunidad diplomática contra los impactos. Sin embargo, hoy en día resulta impensable ver a un ciclista sin casco, ya sea en el Tour de Francia o en la ruta de fin de semana de tu grupeta.
¿Cómo se pasó de la total resistencia a llevarlo, a que sea un elemento imprescindible e indiscutible?
Para entender este viaje, hay que remontarse a los orígenes de la bicicleta. A finales del siglo XIX, cuando las ruedas aumentaron de tamaño y se empezó a rodar más rápido, las caídas comenzaron a ser brutales. En aquella época, los pioneros de las carreras usaban los llamados 'salacots': cascos de tiras de palma recubiertos de lona, parecidos a los sombreros de explorador. Cubrían algo, pero tras una caída quedaban inservibles.
Con el inicio del siglo XX y la popularización de las grandes vueltas, el material evolucionó hacia las famosas 'chichoneras'. Aquellas míticas tiras de cuero rellenadas de lana o espuma. ¿Protegían? Algo restaban frente a raspaduras, pero ante un impacto directo contra el asfalto a alta velocidad, su eficacia era muy limitada.

A pesar de ello, durante las décadas de los 70, 80 y 90, la estética, la ligereza y, sobre todo, el calor, pesaban más en la mente del ciclista profesional que la propia seguridad.
Tragedias que marcaron
A lo largo de la historia, la Unión Ciclista Internacional intentó en varias ocasiones imponer el casco, pero la resistencia de los propios corredores y sindicatos era feroz. Argumentaban falta de ventilación, peso excesivo y pérdida de libertad de movimientos. Sin embargo, la lista de tragedias no dejaba de crecer. Ya en 1952, la muerte del italiano Orfeo Ponsin en el Giro provocó que Italia obligase temporalmente al uso del casco en sus fronteras.

Pero la concienciación global no terminaba de calar. El gran toque de atención moderno ocurrió el 18 de julio de 1995. Durante la decimoquinta etapa del Tour de Francia, en el descenso del Portet d'Aspet, el campeón olímpico Fabio Casartelli sufría una espeluznante caída, golpeando con la cabeza los pretiles de la carretera. Tenía solo 24 años. El debate se incendió en los medios, pero las normativas seguían sin ser tajantes.
Años más tarde, en 1999, la muerte del prometedor esprínter español Manuel Sanroma en la Volta a Catalunya volvió a conmocionar al ciclismo. El peligro era evidente, pero el punto de inflexión definitivo aún estaba por llegar.
París-Niza 2003, el punto de inflexión
El momento que cambió la historia de nuestro deporte para siempre ocurrió el 12 de marzo de 2003. Se disputaba la segunda etapa de la París-Niza. El corredor kazajo del equipo Cofidis, Andrei Kivilev —un ciclista de enorme talento que había sido cuarto en el Tour de Francia 2001—, se vio involucrado en una caída junto a Volker Ordowski y Marek Rutkiewicz a unos 40 km de la meta. Kivilev no llevaba casco. Y se golpeó fuertemente contra el suelo, sufriendo una fractura de cráneo que le provocó un coma fatal. Dos días después, fallecía en el hospital de Saint-Étienne con tan solo 29 años.

La muerte de Kivilev fue la gota que colmó el vaso. La conmoción en el pelotón y la presión de directores y estamentos fueron tan grandes que la UCI, tan solo un mes después, aprobó la reglamentación que cambiaría las reglas del juego: el uso del casco pasaba a ser obligatorio en todas las pruebas oficiales.
La transición y el salto tecnológico
Aún así, la implantación no fue del todo radical desde el primer minuto. En un principio, la UCI dejó una pequeña 'vía de escape': los ciclistas podían quitarse el casco en las subidas finales de montaña si el puerto tenía más de 5 kilómetros. Seguro que muchos recordáis imágenes de 2003 y 2004 con ciclistas tirando el casco al coche de equipo nada más empezar a escalar los grandes colosos de los Alpes o los Pirineos para ganar ligereza y refrigeración.

Sin embargo, tras comprobarse que las caídas en los ascensos también podían ser peligrosas, la UCI eliminó esta excepción, haciendo el uso del casco 100% obligatorio de principio a fin. Esta obligación impuesta en 2003 no solo salvó vidas, sino que desencadenó una de las mayores revoluciones tecnológicas de la industria ciclista.
En cuestión de pocos años, los fabricantes pasaron de ver el casco como una simple exigencia reglamentaria a convertirlo en una pieza fundamental de rendimiento aerodinámico y seguridad avanzada. Ya no se trataba solo de poner un bloque de corcho encima de la cabeza, sino de estudiar la física de los impactos y la dinámica de fluidos.

Y aquí es donde entra la ciencia moderna, con el descubrimiento de que la mayoría de las caídas en bici no producen impactos puramente rectos, sino angulares. Esto dio lugar al desarrollo de sistemas de protección contra impactos rotacionales, como la famosa tecnología MIPS, las estructuras de celda tipo Koroyd o los polímeros de absorción de energía como el WaveCel. Estas tecnologías permiten que la capa interna del casco absorba la rotación del cerebro antes de que la fuerza llegue al cráneo, algo impensable en los años 90.

Además, mientras en la carretera la gran obsesión era la aerodinámica en el túnel de viento y la ventilación extrema para el calor, en disciplinas como el MTB el uso del casco siguió un camino paralelo, pero igual de exigente. En el Mountain Bike, de hecho, la evolución del casco fue casi mayor que en la carretera. La agresividad del terreno, las piedras y las ramas hicieron que el uso de protecciones en disciplinas como el Descenso o el Enduro fuera incuestionable desde muy pronto.
Sin embargo, la verdadera revolución en el MTB fue la democratización de la cobertura occipital —cascos que bajan más por la nuca— y la llegada de los cascos integrales ligeros y modulares con mentonera desmontable, permitiendo subir frescos y bajar hiperprotegidos.

Ya practiques carretera, MTB o Gravel, el casco ha dejado de ser un 'estorbo obligatorio' para convertirse en un elemento técnico que aporta seguridad, mejora la aerodinámica e incluso integra conectividad con otros dispositivos o luces inteligentes incorporadas.
Hoy en día, mirar hacia atrás y ver a aquellos corredores bajando puertos a tumba abierta sin protección en la cabeza nos parece casi una locura de otra época. La pérdida de grandes campeones como Kivilev o Casartelli dejó una huella imborrable, pero su legado sirvió para salvar miles de vidas, tanto en el campo profesional como entre los aficionados.
En la actualidad, salir a dar pedales —ya sea en carretera, MTB o gravel— sin casco es sencillamente impensable.

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Víctor Marcos
Getty Images/PedroDelgado.com/Archivo
22/10/2026